Cuento

¿Lo que son o lo que eran las navidades puertorriqueñas?

Comparto con ustedes un excelente cuento que describe lo que eran las fiestas navideñas en Puerto Rico. Las famosas “trullas” o “parrandas” se encuentran casi en peligro de extinción en nuestros días.

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“Navidad y reyes” por Miguel Meléndez Muñoz

La concurrencia de dos civilizaciones en la existencia de nuestro pueblo viene obligándolo, en el ejercicio de su vida social y cultural, a la práctica de infinitas duplicidades que, a veces, resultan antagónicas e inconciliables con su idiosincrasia y su tradición. O, simplemente, redundantes o demostrativas de que cada uno de estos matices de civilización persevera en imponer su ideario y aún, en un plano más bajo, sus costumbres y sus hábitos primitivos.

En este aspecto la pugna de esas dos corrientes solo reviste marcada inquietud, incidencias rebeldes y actitudes libertarias en nuestra vida política. En la vida social se han hallado, o se han impuesto, transacciones suaves y conciliadoras, aceptaciones tacitas de conveniencia bilateral. Si nuestro pueblo ha de celebrar y guardar como festivo el día de Washington, el de Lincoln, el 4 de julio, el Día de Gracias, etcétera, nosotros hemos ido creando otras fiestas en el paralelogramo de la holganza y las diversiones legales, a plazo fijo. Y como no contamos con gestas, de ninguna categoría, que rememorar y glorificar festivamente (vale decir, como fiesta de guardar, no se interprete el adverbio en otro sentido), ni hechos de menor valor heroico, celebramos las antiguas fiestas religiosas de nuestro caudaloso santoral religioso, los natalicios de nuestros grandes hombres –muertos, desde luego– y, además, todas las de la tradición y las festividades norteamericanas. Lógicamente, nuestros días feriados, cuando coinciden en determinadas épocas del año, constituyen un periodo de verdaderas vacaciones obligatorias: la fiesta que guardamos por tradición, la que hemos creado y la exótica, de carácter oficial.

Sucede así con las Pascuas. Nuestra felicidad en esos días tiene que ser duple, es bilateral. Presenta dos lados, el nuestro, autentico, de raigambre hispánica, y el nuevo, el norteamericano, que ya se ha aclimatado: Christmas.

En esta fecha nuestra comunidad de sentimientos es la misma. Solamente existen discrepancias en las religiones que la celebran en nuestro país, diferencias ritualistas, disparidades de exegesis. Pero todos estamos contestes en que el Niño-Rey debió nacer por esta fecha, porque todos somos cristianos. Aunque cada uno profese la fe de Cristo a su modo.

Las esperanzas mesiánicas van frustrándose en el desarrollo del ciclo que vivimos. A cada instante más remota la redención del género humano. Más distantes su bienestar y su felicidad, cuando celebramos esta fecha memorable en los anales de la cristiandad.

Esas esperanzas marchitas que el tiempo ha ido agostando en su decurso, adquieren fugaz cuerpo de realidad en estos días. En el simbolismo que representa el Nacimiento reverdecen y afloran los ideales de paz, amor y fraternidad. Y, cuando menos, estas fiestas, si no producen en nosotros estados de alma que nos inclinen a la tristeza o a la alegría, logran imprimir una fresca reviviscencia al mundo interior de nuestros recuerdos.

En nuestras costumbres siempre fueron principio y final de estas fiestas Pascuas, Año Nuevo y Reyes. Existió entre ellas una correlación estrecha mantenida y eslabonada por nexos de índole bucólica y gastronómica.

Pero de todas estas fiestas que despedían el año recibían al nuevo, la primacía, la devoción, el fervor, si no fanático, coreográfico y alcohólico, correspondía a las fiestas de Reyes, que, casi, se iniciaban en la Pascua. Nuestro pueblo las había creado y las celebrará con dejación plenaria de todas sus preocupaciones y aun de sus obligaciones domésticas, públicas y sociales.

Y todo aquello desaparece en el abismo del tiempo pasado, sin dejar lugar apenas para historiarlo. Pasa con precipitada celeridad a engrosar el vago contingente de nuestras tradiciones sin recordación, sin ejercicio ocasional, sin vivencia periódica.

En la trulla, abigarrada y pintoresca. Adelante los músicos que portaban instrumentos musicales del país: triples, cuatros, bordonúas, güícharos, maracas y guitarras españolas. Después, el grupo de cantores  y a retaguardia la masa heterogénea de hombres, mujeres, adolescentes y niños de todas edades. No era extraño oír en el tumulto de la parranda el llanto de algún infante que ponía la nota aguda de dolor sobre el regazo de quien, no queriendo abandonar sus deberes maternales, los compartía con la tiranía de reyar.

En cada barrio, en cada suburbio y aun en cada calle había un reyador profesional, o una familia reyadora, que organizaba las trullas, contrataba los músicos, designaba los sitios de asalto y todavía improvisaba los canticos alusivos a la temporada.

Entre estos tipos los había muy graciosos. De imaginación fértil y viva que siempre hallaban una salida brillante para la situación más embarazosa, una ocurrencia oportunidad, que poseían un estomago privilegiado, y que los mismo demostraban su gratitud improvisando una décima de elogio para sus anfitriones, que su despecho, dedicándoles un epigrama mordaz y sangriento.

Recuerdo que siendo niño oí a uno de aquellos individuos exponer su cronología de la Fiesta de Reyes para justificar su prolongada ausencia de sus ocupaciones habituales. Primero  –decía–, viene la ante antevíspera, después la antevíspera, seguido la víspera del primer día. Ahora el primer día, que es el de Melchor, detrás el de Gaspar, y el último es el de Baltasar. Y sigue el día pasado y el que le sigue. Y viene, después, la primera octava, la segunda y la tercera… Este individuo, devoto entusiasta y ferviente de la fiesta tradicional, era capaz de reyar todo el año, si encontraba quien se lo tolerase y aceptara su extravagante cronología.

Los directores de aquel movimiento regocijado poseían un olfato especial para caer, con su parranda y sus apetencias, en lugares en que abundaban los manjares del tiempo y era proverbial la cordial hospitalidad de los posibles anfitriones.

La gente del campo se visitaba en estos días estrechando viejas amistades y reanudando olvidados lazos de consanguinidad. Nadie, voluntariamente, se quedaba en su casa y era muy natural encontrar en aquellas trullas ancianos paralíticos que caminaban en andas de sus familiares o amigos mancos, que no lo estaban de la boca para comer y beber todo lo que hallaban en su camino; cojos ebrios que realizaban verdaderas proezas de equilibrio y ciegos y tuertos cuyas potencias olfativas y gustativas sustituían sus deficiencias visuales.

Todos los terratenientes vivían en sus fincas. En grandes y antiguas casonas en las que predominaban amplias y cómodas salas, con detrimento, muchas veces, de sus demás divisiones interiores, como si hubiera prevalecido en el pensamiento de sus constructores la idea de destinar en ellas el sitio más extenso para que pudiese albergar la trulla más numerosa que llegara a sus puertas.

Había llovido. En los días de Reyes tenía que llover irremediablemente. La trulla salía a reyar. Los hombres lucían sus camisas blancas, de pecheras tostadas y brillantes; fajas de vivos colores y pantalones blancos, planchados con el mismo exceso de almidón y maicena. La mayoría iba descalza. Y los menos, más presumidos, o más acomodados, calzaban grandes zapatos mallorquines de cuero amarillo. Las mujeres se ataviaban con sus más vistosas galas, abundando en su pintoresca indumentaria las cintas rojas, amarillas y azules y los grandes pañolones de los mismos colores con que tocaban, las de más edad, sus venerables cabezas.

La lluvia empezaba a caer, al tiempo que la parranda se ponía en marcha. Era un lluvia fina, menuda y continua, que el jibaro llama flor de tigüero, que parece que no moja y que va calando despacio, pausadamente.

Con aquella lluvia los caminos, nuestros viejos e inverosímiles caminos vecinales, siempre abandonados, ayer como hoy, se hallaban entransetales, como decía don Alejo Montilla, un viejo y contumaz reyador. Y las trullas, bajo esa lluvia pertinaz, repechaban cuestas pinas y bajaban por pendientes y vericuetos, convertidos en regatos y retuertos que afluían a alguna quebrada o rio próximos.

A poco de caminar los parrandistas reyadores por aquel suelo fangoso, resultaba imposible identificar a los demás conocidos. A tal extremo lamentable la lluvia y el barro habían descompuesto su brillante indumentaria. Pero ya los que marchaban a la cabeza del grupo atalayaban una vieja casona, en la que todos se prometían a tomar desquite de aquellos sinsabores, que eran como el pujante incentivo que les ofreciera largas horas de loco placer.

Ya estaba la trulla frente a la casa del señor de aquel lugar. Los músicos ocupaban el primer puesto, al pie de los primeros escalones de la gran escalera de la casa. El coro se situaba alrededor, formando un semicírculo y los demás se disponían al asalto.

El tiple preludiaba las primeras notas del aguinaldo, que eran repetidas en graves acordes por las bordonúas y las guitarras. El que tenía a su cargo la primera voz cantaba:

Buenas taldes tengan

en este lugal.

anuncian los tiempos

que no hay más remedio:

Los tres reyes Magos

van a caminal:

Primero Melchol,

Gaspal en el medio,

y en su gran camello

sigue Baltasal…

Y el coro repetía la estrofa varias veces.

Si los dueños de la casa no participaban de la alegría de los parrandistas y tardaban en invitarlos a subir, los instrumentos musicales volvían a repetir el aguinaldo, y la misma voz cantaba:

A tus escaleras te vengo a ponel

esta helmosa tuya…

pa que no le juyas…

vamos a bailal; pero no a comel.

O si no:

Nojotros venimos no pa que nos den,

Sino por lo mesmo, pastores en Belén.

La trulla invadía la casa bulliciosamente. No había presentaciones, ni ceremonias sociales. Todos se saludaban, huéspedes y anfitriones, como viejos y fraternales amigos, en nombre y por mandato de los Santos Reyes, que autorizaban toda clase de efusiones y de atropellos al convencionalismo y a la cortesía, hipócrita y enfadosa.

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Acerca del autor.

Nació el 22 de julio de 1884 en Cayey, Puerto Rico y murió allí mismo un 28 de noviembre de 1966. Fue un destacado escritor puertorriqueño. En su obra mezcla la lengua “jíbara” con la culta.

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